Innovación. Acción sensata

Las sociedades modernas se enfrentan a retos económicos, sociales y medioambientales cada vez más complejos. Por suerte tenemos entre manos una herramienta poderosa, la innovación. Si, estoy convencido de ello, la innovación es una herramienta poderosa.

Sin embargo la innovación más allá de definiciones pomposas, es en esencia lo que explica Ken Morse: “La innovación es la comercialización con éxito de una invención novel”. En definitiva, convertir las ideas nuevas en valor, de forma que se garantice un impacto duradero en la sociedad, en el mercado. En el siglo XXI, el mundo se enfrenta a un cambio de paradigma global, un contexto de competición internacional acelerada. Y es en este contexto, donde surge un nuevo concepto a explorar, a explotar: la creación de valor compartido. Quizá hemos puesto demasiado énfasis en la importancia de la inversión en alta tecnología y debemos empezar a pensar en aplicar la innovación en tecnologías no tan punteras para crear valor, solucionando problemas sociales.

Leía recientemente que el libro milenario chino llamado – I Ching – o – Libro de los Cambios -, afirmaba que […] “el cambio es la única realidad que existe y según la forma que adopte guiará al hombre hacia el aprendizaje que debe realizar”. Hoy, la innovación es cada vez más un proceso complejo de raíz social y cultural. Donde para poder asumir como propio el cambio implica educar para el cambio, o lo que es igual, educar en la creatividad, formando personas ricas en originalidad, flexibilidad, visión futura, iniciativa, confianza, amantes de los riesgos y con capacidad para afrontar los obstáculos y problemas que se les van presentado en su vida escolar y cotidiana, además de ofrecerles la posibilidad de modificar sus mapas mentales, con nuevas ideas y certezas en torno a lo que es y lo que significa vivir en el siglo XXI. Sin embargo, observamos que nuestros gobiernos no tienen en su agenda, tal vez porque no lo entienden, el convencimiento de invertir más y mejor en innovación, en cultura de la innovación, lo que no deja de ser una inversión a futuro, que traerá como activo una sociedad capaz de aumentar la productividad y competir en mercados globales.

¿Puede un territorio ser innovador?

Llevo tiempo convencido de que a los territorios se les va a conocer por el tipo de gente que habita en ellos. Y es que cuando la innovación palpita en pequeños territorios, estos atraen talento e irradian productos de éxito a todo el mundo, contribuyendo a construir un sólido tejido social y cultural, dinámicas y apuestas que en un medio-largo plazo desemboquen en contextos que contribuyen al crecimiento económico. Y para lograr que esta nueva forma de hacer y entender el futuro cale en el territorio, lo sencillo, lo coherente es que se concentre en territorios de ámbito local o regional. La innovación precisa crear un sólido contexto social y cultural para generar dinámicas de crecimiento económico. Contextos donde existe una homogeneidad cultural, y donde las conexiones sociales son robustas, generando lazos de confianza, donde poder asumir culturalmente los aciertos y fracasos del proceso innovador, dados los riesgos que comporta, donde sólo un número limitado de proyectos alcanza la fase de realización, pero donde los éxitos tienen una traducción directa en el aumento de las oportunidades laborales y el bienestar de la sociedad. De este modo, un territorio innovador estará impregnado de cultura emprendedora, asimilada desde los primeros estadios educativos y marcando el perfil de quienes lo habitan.

El problema desde mi punto de vista, no es perder 11.000 investigadores en España desde el 2011, sino el no explotar en el mercado los resultados de investigación. Es decir, si los resultados de investigación fueran comercializados, si se abordasen proyectos de innovación y soluciones que ayuden a la gente en su día a día, con dichos desarrollos, sería sin duda rentable investigar y la investigación no dependería de los recortes en fondos públicos, sino de la inversión privada como ocurre en países como EEUU.

Innovar es por tanto un camino para generar oportunidades, negocios. En la década actual, veremos cada vez más a las regiones emergentes proyectar hacia el mundo sus innovaciones, que son fruto de aplicar y afrontar con creatividad los desafíos sociales y tecnológicos actuales, dando respuesta a dos paradigmas; la capacidad productiva y la capacidad tecnológica, motores de la economía moderna y constructores de la competitividad.

Pero volvamos sobre una última reflexión acerca de la innovación y su carácter fundamentalmente social. Y es que cuando una idea es buena hay que compartirla y convertirla en el motor de futuras las soluciones innovadoras, de impulso que ayude a comprender mejor el mundo que nos rodea, conocer sus retos presentes y tendencias, donde se ponga a prueba su valor, donde enriquecerla, donde consolidarla. La innovación requiere también procesos colectivos de aprendizaje en distintos ámbitos (tecnológico, de gestión, de comercialización, de negociación, etc.). Del nacimiento de la idea innovadora a su progresiva apropiación colectiva existe un proceso en el que es necesario construir, ayudar a eliminar la ambigüedad dándole forma y crédito. Y para ello no son necesarias ni grandes infraestructuras, ni inversiones. Basta con crear un contexto, provocar a un territorio, basta con la diversidad y la solidez de estas conexiones, basta con una sencilla estrategia educativa transversal, que potencie el espíritu crítico.

Desde estas acciones esenciales podremos hablar con convencimiento de que la innovación es sin duda una acción sensata, una poderosa herramienta que cuenta con el potencial necesario para el crecimiento de un territorio e identificación de nuevas oportunidades económicas, laborales y sociales en este cambiante y  competitivo siglo XXI.

Óscar Garrido Ledo