La idea tecnológica que confió en las tendencias del mercado

Paneles solares CIGSA veces las tendencias tecnológicas pueden acabar con grandes industrias, como cuando la idea de las llamadas gratis a través de Internet (Skype) chocó con el modelo de negocio de las compañías telefónicas. Sin embargo, a veces las ideas altamente tecnológicas, con todos los ingredientes para ganar (financiación asegurada, tecnología comprobada y amplio nicho de mercado), al final acaban hechas humo a causa de variables como el tiempo, las condiciones macroeconómicas o defectos fatales en los modelos de negocio.

En Negocio Tecnológico queremos presentar un ejemplo claro de una tecnología que viró a la izquierda mientras el mercado fue a la derecha, terminando en un absurdo desastre y dejando a más de 1100 personas en la calle. Es el caso de las startups que apostaron por los paneles solares de película fina, que nacieron a mediados de la década pasada, y que utilizaron el cobre, indio, galio y selenio (CIGS) para convertir la luz solar en electricidad. Solyndra, que se declaró en quiebra este mes y se llevó un préstamo del gobierno americano de casi 400 millones de euros, es sólo el perfil más alto de estas empresas, donde también se incluye a Nanosolar HelioVolt, MiaSole, SoloPower y Stion.

La creación de empresas que utilizan CIGS se convirtió en una tendencia popular en 2005, cuando el precio del silicio, que se utiliza como piedra angular de los paneles solares tradicionales, subió a cientos de euros por kilogramo. La idea detrás de CIGS era que como el coste del silicio seguiría aumentando, estas empresas de paneles de película fina serían capaz de fabricarlos más baratos. Así, decenas de firmas de inversión de primer nivel mundial respaldaron a estas empresas en valores de miles de millones de euros.

Incluso, en mayo de 2010, la compañía fue promovida personalmente por el presidente Barak Obama y elogiada como un modelo a seguir para la inversión pública en tecnologías verdes. Además de la garantía del préstamo de 535 millones de dólares concedida por la administración de Obama, la empresa estaba respaldada por inversores privados por más de mil millones de dólares.

Sin embargo, en vez de aumentar, los precios del silicio se han desplomado, alcanzando los 26€ por kilogramo en junio de este año. Debido a la caída de los precios, la compañía se vio obligada a cerrar su primera planta, y al mismo tiempo redujo su personal a cerca de 1100 empleados. Y, finalmente, a principios de septiembre la compañía abandonó por completo la actividad empresarial y se declaró estar en bancarrota, despidiendo a todos sus empleados.

El 8 de septiembre de 2011, agentes del FBI ejecutaron órdenes de búsqueda en la sede de la compañía en Fremont, como parte de una investigación del Departamento de Energía de los Estados Unidos. Todavía no han salido a la luz pública los resultados de la investigación.

Para empeorar el asunto, las iniciativas basadas en CIGS que aún sobreviven no sólo están equivocadas respecto al comportamiento de los precios del silicio, sino que además, están frente a un mercado energético que tiene más oferta que demanda, donde los precios siguen bajando continuamente y con una competencia feroz que llega desde China. Si de por sí las grandes empresas tienen dificultades en este entorno, que será del grupo de nuevas empresas que en su mayoría todavía ni fabrican a gran escala. Lo más probable es que alguna de ellas sea comprada por una multinacional, pero habrán otras que no serán tan afortunadas.

Tal vez el mayor problema con la mayoría de estas, y otras startups de otros sectores, es que pretenden llegar al mercado muy pronto, sin preveer situaciones adversas y sin ver más allá de los aspectos tecnológicos.

Si se lee atentamente el informe preparado para la salida a bolsa de Solyndra, en las 22 páginas de factores de riesgo, son muchos los que se relacionan con los riesgos tecnológicos y muy pocos, por no decir nulos, los riesgos del mercado. Por eso queremos enfatizar en que hay que ir más allá de la fase de investigación antes de lanzar un producto: hay que conocer el mercado, los empleados y el cliente. Lo difícil de entender con los proyectos de I+D es cómo se “invierten” grandes cantidades de dinero sin una previsión clara del mercado o sin un plan de contingencias real que ofrezca salidas en caso de no cumplirse alguna hipótesis.

Tal vez lo peor de todo es el impacto que esto genera en otras compañías que, a pesar de que están siguiendo el camino correcto, no encuentran el capital necesario para sobrevivir.